El papel de los personajes femeninos en tres novelas de la Revolución Mexicana.

 

En el presente trabajo pretendemos hacer una incursión en tres novelas, que podrían encuadrarse bajo la discutible denominación de novelas de la Revolución Mexicana, con el fin de hacer un balance sobre la importancia de los caracteres femeninos que aparecen a lo largo de sus páginas. Los títulos que hemos elegido comentar son Los de abajo, La sombra del caudillo y Pedro Páramo por ser obras representativas de tres momentos muy distintos del fenómeno revolucionario mexicano: la revolución en sí misma, el período posterior de institucionalización de los ideales revolucionarios y, por último, la visión artística de los acontecimientos desde la distancia mítica.


En estas tres novelas es llamativa la reducida presencia de los personajes femeninos y su aparentemente exiguo protagonismo. ¿A qué obedece este hecho? Si nos guiamos por las palabras de Margo Glantz, la escasa presencia de la mujer en esta literatura de la revolución, podría deberse al ambiente fundamentalmente machista en el México de aquellos momentos1. Sea cual fuere la explicación o el origen de la circunstancia sobre la que llamamos la atención, hemos de destacar que se hace patente ese corto espacio para las mujeres en las páginas de las tres novelas elegidas para nuestra investigación. Que sea, no obstante, su papel, por reducido, escaso de importancia, es un tema que ha de ser objeto de nuestro análisis una vez que nos adentremos en el estudio de determinados pasajes de las referidas obras. A partir de este punto podemos acotar nuestro objetivo: ¿qué importancia tendrá el personaje femenino a pesar de ese escaso protagonismo?

Se nos podría objetar que en la novela de Juan Rulfo la presencia de la mujer es abundante, de lo cual somos conscientes, pero si tuviéramos que ceñirnos a los personajes clave, por su protagonismo y por su efecto en la obra, tal vez la nómina se reduciría a uno, el de Susana San Juan, que es en el que nos detendremos con mayor interés dado que su influencia sobre la figura central de la novela Pedro Páramo es fundamental. El resto de voces femeninas que aparecen en esta creación de Rulfo poseen también su importancia, pero no es objeto de este trabajo hacer un recorrido exhaustivo por cada una de ellas, alegando, de hecho, que muchas poseen un valor más testimonial que protagónico.

Dentro de la novela de la revolución o de los antecedentes de la misma, como supuso Tomochic de Heriberto Frías Alcocer, el papel de las soldaderas es prominente, al menos en apariencia. Esto no es un tópico literario sino reflejo de una realidad histórica: mujeres con un cometido importante dentro de la vida de la tropa, mujeres que en ocasiones adquieren poder y mando dentro de las fuerzas revolucionarias o estatales. Llegaron a conquistar además una libertad, en lo público y lo privado, posiblemente nunca antes vista. Podríamos plantearnos hasta qué punto esta libertad fue real y si no estuvieron, a pesar de todo el protagonismo ganado, siempre por debajo de alguna figura masculina.

En este orden de cosas podemos introducirnos en Los de abajo de Mariano Azuela donde, en la segunda parte, tenemos a la brava figura de la Pintada, personaje que podría llevarnos a engaño, dada su fuerza, al poder interpretarla como una guerrera, una soldadera, al observarla dando órdenes a soldados y actuando con ímpetu:


… se presentó la Pintada dando fuertes voces de júbilo. Chasqueando la lengua, pretendía meter al comedor una bellísima yegua de negro azabache (…)

Los soldados, embobecidos, contemplaban con mal reprimida envidia la rica presa.

-¡Yo no sé qué carga esta diablo de la Pintada que siempre nos gana los mejores “avances”! – clamó el güero Margarito-. Así la verán desde que se nos juntó en Tierra Blanca.

-Epa, tú, Pancracio, anda a trerme un tercio de alfalfa pa mi yegua –ordenó secamente la Pintada (Azuela, 153-154).


Esta mujer, aunque no se mencione explícitamente en la obra, podría ser una prostituta, al menos así es descrita en opinión de Marta Leticia Villaseñor García quien, igualmente, afirma que el papel de las mujeres en la novela de Azuela no es el de las soldaderas, o sea, que carecen de la importancia de éstas:


Las pocas alusiones que Azuela hace del rol de "las mujeres revolucionarias" no son muy significativas en esta obra. Sabemos que las mujeres fueron indispensables para la Revolución al realizar tareas como intercambiar información, armas, vituallas, parque, además de empuñar y disparar las armas, defendiendo sus convicciones. Muchas de ellas obtuvieron grados militares de coronel(a) o capitán(a). Estas mujeres no fueron retratadas por Azuela en Los de Abajo (Villaseñor).


Así pues la realidad es bien otra. De hecho el final de la Pintada entre la tropa de revolucionarios nos parece significativo. Tras írsele enquistando malos humores por rivalidades con otras mujeres, fundamentalmente con Camila, que pasó a ser la favorita de Demetrio -el protagonista-, empieza a dar rienda suelta a sus maldades y enredos, de manera que Demetrio decide echarla de su grupo, una vez que a éste le llega la orden de dirigirse a Aguascalientes. La Pintada insulta a casi todos los presentes con una sarta de improperios que a todos asombra. Está incluso a punto de ser asesinada por Demetrio pero éste se limita a echarla “con voz apagada y ronca” (Azuela 208). La Pintada se aleja derrotada: los hombres han dejado claro que a pesar del poder adquirido por las mujeres en estos momentos de la Revolución, quienes mandan y quienes controlan la situación siguen siendo ellos.

Las otras mujeres destacables, dejando de lado las que tienen una fugaz participación, como la supuesta novia de Luis Cervantes, son Camila y la mujer de Demetrio. La segunda, que coincide con el círculo que abre y cierra la novela, tendrá una presencia muy limitada en la narración. Aparece dibujada con los rasgos de la típica esposa abnegada, esperando ante la ausencia del marido, sin ninguna autoridad sobre su hombre. Por otra parte Camila, una joven campesina, es retratada como una mujer simple, ingenua y fea. Sus sentimientos románticos hacia Luis Cervantes son continuamente burlados por éste. Será utilizada como objeto de placer por Demetrio una vez que Cervantes se la lleve a aquél por medio de engaños. Los rasgos con los que Azuela la describe son zoomórficos, tal y como señala Villaseñor García respecto a las mujeres de Mala Yerba. La descripción de Camila en Los de abajo es bastante elocuente al respecto: “Luis Cervantes plegó las cejas y miró con aire hostil aquella especie de mono enchomitado, de tez broncínea, dientes de marfil, pies anchos y chatos” (Azuela 50). Un último aspecto significativo en la construcción de los personajes femeninos de Los de abajo es que todos se expresan por medio de un habla popular e inculta, lo cual es un punto más de apoyo en pro de su degradación.

En la obra de Martín Guzmán, La sombra del caudillo nos encontramos con un caso semejante al de la novela de Azuela en lo que respecta a la aparición de los personajes femeninos. Su presencia es bastante esquiva aunque en determinados pasajes alcanzan cierta notoriedad. En el presente texto nos basamos esencialmente en las figuras de Rosario, amante de Aguirre –el protagonista- y de la Mora –amiga del círculo social del mismo Aguirre-, dado que del resto de las mujeres que aparecen apenas si se llega a conocer siquiera su nombre.

El personaje de Rosario, según se presenta al comienzo de la novela, podría aparecer como prometedor para ser mejor desarrollado y elaborado. Se le dedica, por parte del narrador, en las primeras páginas, un derroche de descripción. Los juegos de sombra y luz mientras pasea en espera de Aguirre y durante su encuentro con él, nos hablan de su belleza y le ofrecen un cierto halo de sublimidad:


Al tornarse para mirar el Cadillac de Aguirre, que ya se acercaba, un lucero se le detuvo en la frente. La sombrilla, salpicada toda de luceros análogos, hizo entonces fondo a su bellísima cabeza y la convirtió un momento en virgen de hornacina. Sonrosándola, dorándola, la irradiación luminosa volvía más perfecto el óvalo de su cara, enriquecía la sombra de sus pestañas, el trazo de sus cejas, el dibujo de su labio, la frescura de su color. (Guzmán 7)


Rosario no vuelve a aparecer hasta el capítulo segundo del libro II. Tras la tensa conversación que Aguirre sostiene con el siniestro y todopoderoso Caudillo acerca de las candidaturas a la sucesión de éste. Aguirre se dirige, al cabo de ese funesto día, a la casa de Rosario donde se le ofrece un “refugio acogedor, sedante” (Guzmán 54), que es lo que en ese momento necesita. En este pasaje se comenta también cómo Aguirre no pone un pie en casa de su esposa “no por mero desamor o por crueldad, sino por complejos espirituales más ocultos; por cierta secreta desaprobación de sí mismo” (Guzmán 54). Otro lugar al que habitualmente acude en busca de solaz es la casa de Paquita Arévalo, una prostituta española, aquí suele dirigirse de madrugada para “aplacarse y aletargarse” (Guzmán 54). Aguirre se mueve, por el momento entre tres mujeres. A su esposa y a Paquita Aguirre, que tienen una presencia fugaz en la novela, no se las volverá a mencionar.

La secuencia en casa de Rosario, en esta noche aciaga, tras el desafortunado encuentro con el Caudillo, difuminará la figura de aquélla haciéndola desvanecerse en la novela como un fantasma. Su presencia en este pasaje se reducirá a la huella que dejó en la cama en la que ahora reposa Aguirre, a los ruidos de la puerta tras la que se encierra cuando llega Axkaná –compañero y amigo de Aguirre-, a una risa, a un perfume y a unos rumores:


Todo lo cual, empapado en tenue perfume, se aunaba con los rumores leves que parecían venir de la habitación contigua –de aquella por cuya puerta acababa de escapar la figura de Rosario-. Eran rumores de mujer; perfume de mujer; semioscuridad tibia donde la presencia de una mujer flotaba palpable, envolvente (Guzmán 56).


En el libro VI, capítulo segundo, al Marcharse Aguirre de México D.F. con el fin de huir de la emboscada que se le prepara, se dirige a casa de Rosario para despedirse de ella. De Rosario, en la narración, ya sólo queda una sombra:


En el momento de partir pidió Aguirre que los coches se desviaran hasta la calle de Rosas Moreno. Allí se detuvo el Cadillac frente a la casa de Rosario. El ex ministro se apeó; entró, y a los pocos minutos volvió a salir. La sombra de una mano descorrió un visillo; una cabeza se pegó al cristal de un balcón… (Guzmán 211).


No volverá a hacerse referencia a ella hasta casi en final, en el momento en que Aguirre, detenido por los hombres de Elizondo, en una celda a oscuras, recuerda a una serie de personas, antes de ser ejecutado. Entre estas personas se alude a Rosario, pero como hemos ido indicando, y en la lectura de la novela se puede confirmar, el personaje se ha ido desvaneciendo hasta quedar como un pensamiento más de Aguirre antes de su cita con la muerte.

La otra figura femenina de importancia en el texto es Beatriz Delorme, La Mora. Adquiere protagonismo por su belleza y su aire de misterio y de liderazgo entre el grupo de amigas de Olivier Fernández, grupo al que visitan Aguirre y los suyos, sus partidarios políticos. Destacan los ojos en la descripción de la Mora, ojos que, a la penumbra de la habitación en la que se reúnen para beber y platicar con los políticos, se dibujan como dos manchas negras. Este pasaje que citamos nos da una clara imagen de lo expuesto sobre ella:


La Mora era pequeña y flexible y tenía al andar un juego de hombros, un juego de cintura, un juego de tobillos, que de pura forma armoniosa que era la transformaban en mera armonía de movimiento. Allí, entre sus amigas, reinaba de pleno derecho, no obstante que cualquiera de las otras, de no existir ella, hubiese merecido ceñir la corona que ella tan bien llevaba (Guzmán 38).


Sin embargo estas otras carecen de voz y de imagen en el capítulo en el que aparecen. Incluso la Mora, como deja claro la cita, podría encontrar fácilmente una sustituta según la declaración del narrador. Antes bien la presencia de estas mujeres se ve opacada por el protagonismo del grupo de políticos, los cuales, una vez que el efecto del alcohol comienza a notarse, peroran sobre sus asuntos y embelesan a las chicas con una charla que ellas ni siquiera entienden:


A poco de empezar a beber, Olivier Fernández se puso a disertar sobre política. Los demás le siguieron. Con lo cual ellas se entregaron a oír con profundo interés, aunque quizá no entendieran bien el asunto que se debatía. Las cautivaba asomarse, entre un torbellino de frases a veces incomprensibles, al abismo de las ideas y las pasiones que mantenían encendida el alma de aquellos amigos suyos (…) (Guzmán 39).


Concretando, este grupo de mujeres, en el que destaca La Mora, puede aparecer como un simple adorno en la reunión de los amigos, a las amigas no se les otorga un valor intelectual, aparecen como simples acompañantes de parranda.

No obstante respecto a la última afirmación podría livianamente escaparse la Mora pues nos parece llamativo su entendimiento o su atracción por Axkaná -la conciencia de la novela, el intelectual sensible a todo aquello que sus compañeros son incapaces de observar-. Este detalle podría sublimar a esta mujer concediéndole más personalidad o intelectualidad que al resto del elenco femenino en el que se encuadra.

La Mora hará una segunda aparición cuando se ejecute el secuestro de Askaná. Entra en el despacho de Aguirre donde éste se encuentra departiendo con Tarabana. Aguirre la recibe indicándole que ella siempre es bien recibida: “-¡Consignas! Para ti, Mora, no hay consignas. Tú mandas aquí, aquí como en todas partes” (Guzmán 139). Les narra el interrogatorio que ha padecido en la Inspección General de Policía y cómo allí escuchó lo ocurrido respecto a Axkaná. En esta secuencia se muestra la inteligencia de la chica al relatar ella misma cómo consiguió torear al inspector de policía durante el interrogatorio. Tras esta escena la Mora desaparece definitivamente de la novela.

Así pues vemos que la aparición de las mujeres en la novela de Luis Martín Guzmán puede tener cierta intensidad e interés. No obstante, la lectura de la obra, incluso realizada de un modo superficial, deja patente su escaso protagonismo. Se trata de una novela protagonizada por hombres y por la política del México postrevolucionario, la mujer no encuentra en esta obra un papel relevante.

La tercera obra elegida, Pedro Páramo de Juan Rulfo se nos presenta como un objeto de análisis que nos resulta mucho más complejo. Hay una gran variedad de voces en sus páginas, entre ellas las de muchas mujeres que cubren un papel narrativo y testimonial de gran importancia: Dolores, Dorotea, Damiana, Eduviges, Justina, la hermana incestuosa de Donis, etcétera. Son cada una, a su modo, piezas clave, mujeres determinantes en el entramado polivalente y mágico de Pedro Páramo; ninguna de ellas podría atribuirse preponderancia sobre el resto, porque su intervención es fundamental, como lo es cada uno de los elementos que componen la novela, trátese de seres humanos, símbolos, espacio o el lenguaje mismo (Trejo Fuentes 55),

No obstante hay un personaje femenino con un mayor papel protagónico que el resto: Susana San Juan. Como contrapunto a la figura del cacique de Comala, Pedro Páramo, esta mujer se le opone -no nos atrevemos a decir si consciente o inconscientemente- desde su locura o desde su debilidad, tal vez desde su miedo hacia la figura de Páramo, pero eso sí, con un efecto demoledor sobre este hombre y su inmenso poder. Esta aparentemente frágil mujer viene a ser el punto vulnerable del protagonista:


el rencor que Pedro Páramo siente y el que despierta a su vez en los demás, tienen como foco principal el desprecio que en su juventud le hiciera Susana San Juan, la imposibilidad de someterla a sus designios lo marcó hasta el último de sus días: Susana fue, siempre, el talón de Aquiles del todopoderoso cacique, del hombre de todos tan temido, significó su parte vulnerable en varios sentidos. Así, la vida y el destino de Pedro Páramo marcharon paralelos a los de Susana San Juan, a pesar (o por eso) de la enorme distancia que los signó (Trejo Fuentes 50).


En nuestra opinión, coincidiendo con la de Trejo Fuentes, Susana San Juan posee un papel trascendental, en el sentido kantiano o, si se nos permite, en el sentido espiritual de la palabra: “¿Cuál era el mundo de Susana San Juan? Ésa fue una de las cosas que Pedro Páramo nunca llegó a saber (…) Susana San Juan: una mujer que no era de este mundo” (Rulfo 138). En su delirio, en sus retorcimientos de sufrimiento bajo las sábanas, Susana tiene pensamientos y palabras que se nos figuran como proféticas o visionarias, tal vez esa locura o hipersensibilidad le hacen ver realidades que para otros están vedadas:



-¿Verdad que la noche está llena de pecados, Justina?

  -Sí, Susana.

         -¿Y es verdad?

         -Debe serlo, Susana.

         -¿Y qué crees que es la vida, Justina, sino un pecado? ¿No oyes? ¿No oyes cómo rechina la tierra?

         -No, Susana, no alcanzo a oír nada. Mi suerte no es tan grande como la tuya.

         -Te asombrarías. Te digo que te asombrarías de oír lo que yo oigo (Rulfo 139).



Susana es consciente de la maldad que señorea en esa parte de la tierra, maldad propiciada por Pedro Páramo y, si ella no ha sido feliz en vida, por la muerte prematura de su marido y por su confinamiento en la casa de Páramo y la aceptación de un matrimonio no deseado con él, ha de cumplir, no obstante, un papel de ángel exterminador. Veamos cómo lo expresa Trejo Fuentes:

Era necesario arrancar el mal desde la raíz, y eso sólo pudo llevarlo a cabo Susana. De ser errónea esa apreciación, ¿por qué motivo aceptó vivir junto al cacique siendo que, a pesar de la distancia impuesta por la muerte, vivía enamorada de quien fue su marido? ¿No llevaba ya un plan de venganza al asistir al entierro en vida del demonio encarnado en Pedro Páramo?

De ser así, Pedro Páramo, la novela, podría leerse no como el mosaico pesimista que tantos críticos le han atribuido, como la loa a la desesperanza que muchos han pretendido adjudicarle, sino como lo opuesto, como apuesta por una felicidad por venir. Esta idea puede reforzarse si se considera otro factor: Pedro Páramo no dejó simiente viva (…) muerta la familia Páramo, Comala y la región pueden aguardar esperanzas de que vendrán tiempos mejores. Así, lo que es en principio desolación y muerte, páramo y sangre, podría tener respiro y esperanzas de redención (53-54).

En conclusión, y comparando los personajes que hemos traído a colación, podemos deducir que las mujeres en las novelas elegidas se hayan bajo el yugo de un mundo patriarcal que les niega todo protagonismo, incluida Susana San Juan. Sin embargo en el caso de esta última su papel es de una fuerza fundamental, a pesar de su matrimonio esclavizante con el cacique, a pesar de su muerte en vida, pues podría ser considerada como el elemento que produce una falla en el dominio masculino, en el machismo, que se alza como protagonista en las novelas señaladas, al igual que en muchas otras de la misma temática revolucionaria. El enfrentamiento hacia ese machismo, en el caso de Susana, suponemos que como tal no es premeditado. Si, al parecer, los personajes masculinos de Los de abajo y de La sombra del caudillo controlaban la situación y su preeminencia sobre las mujeres, Pedro Páramo, el hombre, lo hace hasta que da con la horma de su zapato: la deseada y añorada Susana San Juan se le escapa; su extenso poder, que a todas partes llega, no consigue controlarla, poseerla y dominarla. Páramo tiene al enemigo dentro de casa: la oposición al machismo desde la feminidad rebelde en una de sus infinitas formas, disfrazada aquí de debilidad, enfermedad y locura, pero con el claro mensaje profético de que el poder incontestable hasta entonces de la sociedad patriarcal está encontrando un obstáculo en la otra mitad del mundo, está empezando a dar los primeros pasos del camino de su desintegración.








Bibliografía

-Azuela, Mariano, Los de abajo, Ediciones Botas, México, 1941.

-Glantz, Margo, “La novela de la revolución mexicana y La sombra del caudillo”, Revista Iberoamericana 55, número 148-149 (1989 July-December), pág. 869-878.

-Guzmán Martín, Luis, La sombra del caudillo, Editorial Porrúa, México, 2001.

-Rulfo, Juan, Pedro Páramo, Plaza y Janés, México, 2000.

-Trejo Fuentes, Ignacio, Guía de pecadoras. Personajes femeninos de la novela mexicana del siglo XX, UNAM, México, 2003.

-Villaseñor García, Marta Leticia, “Las mujeres en la narrativa de Azuela: un acercamiento a Mala Yerba y Los de abajo”, La tarea, revista de educación y cultura de la sección 47 del SNTE, en file:

///C:/Documents%20and%20Settings/User/Mis%20documentos/libros/villa213.htm

1 “Azuela, ya lo sabemos bien, era un desconocido antes de 1924, y su obra empieza a revelarse a raíz de la polémica que propiciaron Julio Jiménez Rueda y Francisco Monterde en un debate sobre el afeminamiento de la literatura mexicana donde se destaca la “virilidad” de Los de abajo. Esta polémica machista, como corresponde en una época en que “todos son muy hombres”, provocada por dos cultivadores de la novela colonialista y escrita justamente después de la Revolución (…)” (Glantz, 870).

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