HIC SUNT DRACONES (De padres e hijos)
El padre lidiaba
en aquel idioma ajeno, y enrevesado, con la cobradora del tren. El niño, conocedor
de la lengua, se desesperaba con las imperfecciones del padre, con su
incapacidad de hallar la palabra y el caso correctos, y hervía en su ataque de vergüenza.
Visto así, podría
parecer que la situación fue incómoda para el vagón, la cobradora, el padre del
niño. En absoluto. Pero el niño, un dramas, a quién le habrá salido,
pasó su ratico de infierno.
Una vez puesto en marcha el tren, el padre se vuelve al chavea y le espeta: “Qué buena solución refugiarte en los auriculares y en el teléfono. ¿De qué te sirve devorar libros de caballeros que matan gigantes, doncellas que pisan serpientes, adolescentes que entrenan y vuelan sobre sus dragones?”
Y siguió con que si él se creía que esas fieras
existieron, que no por casualidad leen cada noche capítulos de Don Quijote. Que
San Jorge no atravesó ninguna bestia animal, que santa Marta no pisoteó una
tarasca. Que los dragones son tus temores, tus dudas y tus vergüenzas. Que donde
uno tiene sus miedos allí está su trabajo, dicen que dijo alguien, y dijo bien.
Cuando prefieres
callarte para no hacer el ridículo, ahí está tu dragón. Cuando miras a los
demás y los ves superiores, ahí está tu dragón. Cuando piensas que eres el
único que hace las cosas bien y que estás rodeado de gilipollas, ahí está tu
dragón. Que cuando quieres controlar toda situación para que no surjan
conflictos y que tus hijos no sufran… ¡Ay, ahí está tu dragón!
Todo esto pensó
el padre, mientras miraba el paisaje monótono, de ese país llano, arrasado por
los glaciares. Efectivamente, no se volvió, ni le soltó al crío esta retahíla a
la cara. Ya lo haría, en frío, cuando se terciase la ocasión. O no. Tal vez
hablar a las claras era uno de los muchos dragones de ese padre.
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